donde viví una experiencia nutrida de crecimiento, descubrimiento y despertar. Recorrí a Gaudí y vi cantidad de obras que solo conocía en los libros. Los misterios del viajar me hicieron llegar a Granada; ahí conocí a Graciella.
Hacía unos pocos días que había llegado a Granada, Andalucía, España, para trabajar en un hospedaje y quedarme un tiempo conociendo. Una mañana se acercó Graciela, una mujer que también trabajaba ahí, y me dijo:
—Me enteré que sos arquitecta. ¿Fuiste a las cuevas? Yo vivo en una, cuando quieras pasá a conocerlas.
—¿Las cuevas gitanas? —le pregunté.
—No, las otras, la de los albañiles que construyeron la Alhambra. Ellos se instalaron enfrente del río, cavaron las cuevas para hacer unos refugios donde vivir mientras trabajaban. Un tiempo después vino un temblor y derrumbó gran parte. Por alguna extraña razón, fuimos llegando personas de diferentes lugares y las fuimos descubriendo nuevamente. Yo, por ejemplo, me enteré por un amigo y elegí una. Con un tachito de leche la fui escarbando y escarbando, hasta que un día me encontré con una pala y con eso la terminé de abrir. Hace siete años que vivo ahí.
Al otro día, a la hora de la siesta, me acerqué a ver de qué me hablaba. El camino era una ruta al borde del río y, al otro lado, las colinas. Pasé por las cuevas gitanas, pero era aún más allá: doblando, subiendo un poco. Di unas vueltas, pregunté varias veces, hasta que me encontré con un cartel pintado de celeste sobre una pieza cerámica que decía: Sacromonte. Empecé a subir por la colina y vi cómo, cada tanto, aparecía un hueco. Seguí preguntando, y tres huecos más arriba estaba la cueva de Graciela.
Desde más abajo se dejaban ver unas cañas, unos palos, una ventana con flores coloridas casi pegadas al suelo, una puerta pequeña y una campana de bronce.
La hice sonar y me abrió.
—Llegaste, vení, pasá —me dijo.
Para entrar tuve que bajar tres escalones. Una vez adentro, miré a mi alrededor y todo eran curvas de piedra y tierra, con un piso de ladrillos. Fue una revelación. Un tejido ancestral, una memoria antigua, algo que no sé bien qué era, me unió por completo. Me quedé allí durante todo el invierno. Me dediqué a contemplar, a permanecer, a habitar el útero de nuestra Madre Tierra: Diosa de la protección y el cobijo. Afuera nevaba y adentro estaba apenas en remera manga larga.
La cueva de Graciela vive en mí para siempre, con una certeza que le dio sentido a mi camino: la tierra, el barro, el cobijo, lo ancestral.
