los primeros años de descubrimiento de la construcción con tierra, primero estudio de forma autodidacta y viajo para conocer experiencias en centros de permacultura. Había descubierto un camino: el de la arquitectura con tierra y el saber ancestral. Con la intención de continuar aprendiendo, averigué quién estaba con ese tema en la Facultad y enseguida conocí a Rodolfo. El primer día que lo vi me dio cinco libros para leer y me dijo: —Hasta que no cortes tu primer adobe no lo vas a comprender. Tu primer adobe no te lo olvidás más. Así conocí a mi maestro.
Era una mañana fría de otoño, casi invierno. Entre grises húmedos y dorados, con las primeras luces del día, llegamos al lugar. Paso a paso, con una calma silenciosa propia de los momento sagrados, nos pusimos a preparar el lugar; corrimos las hojas del suelo, removimos la tierra mojada durante unos meses, pusimos en agua los moldes y, en ese momento, Rodolfo me dice: ”ahora te toca a vos”.
Lo miré abriendo grande los ojos y, con una extraña sensación vertiginosa, comencé muy lentamente a cargar dos baldes con mezcla. Los acerqué al lugar, saqué del agua el molde, lo coloque sobre el suelo, tomé el barro con ambas manos y… ¡plaf! Primero en los bordes, luego en el centro, para que quede todo bien lleno. Emparejé y levanté con un movimiento nunca antes hecho que, a su vez, lo reconocí de otro lugar, de otros tiempos. Dejé el molde a un costado y me quedé quieta contemplando como había nacido mi primer adobe.
Hoy, quince años después, lo recuerdo y mi corazón late más fuerte.
Poco tiempo después, en Uruguay, en un Seminario Internacional conozco a Natacha; me llega directo al alma. Venía de acompañar durante tres años la construcción de un bachillerato popular en una situación social delicada y estaba conmovida por las posibilidades que tiene la tierra para ayudar a las personas a que vivan con calidad.
En el año 2011 creamos juntos el Centro CIDART: una reunión de convicciones, complementos y disfrute al hacer lo que amamos, embarrarnos y construir. Los años siguientes fueron un despliegue hermoso de esa pasión compartida. Nuestra labor se expandió tanto en el ámbito académico como en el territorio, transformando cada taller en un espacio de encuentro: conjugamos las aulas de la FADU-UBA con el programa ARCONTI y la Cátedra UNESCO, y experiencias teórico prácticas en diferentes lugares del país; donde la teoría del adobe, la quincha y el BTC se volvía práctica en las manos de las personas. A su vez, asistimos a instituciones, proyectos de obra privada y pública, consolidando una etapa donde investigar, capacitar y proyectar nos reunió en amistad terráquea fundida en el noble oficio de proyectar un hábitat más humano.

